El 50 aniversario del asesinato de Patrice Lumumba

Lumumba: la larga sombra de un asesinato
Autor: Adam Hochschild *
Traducido por: Yaotl Àltan

HOY, millones de personas en otro continente presencian el 50 aniversario de un evento que pocos estadounidenses recuerdan, el asesinato de Patrice Lumumba. Un hombre delgado, con barba y lentes negros de media montura, Lumumba tenía 35 años de edad al ser el primer líder electo democráticamente del vasto país, casi tan grande como la parte de Estados Unidos al este del Mississippi, conocido actualmente como la República Democrática del Congo.


Esta mina de recursos naturales fue una colonia de Bélgica que durante décadas no había hecho planes independentistas. Pero después de los enfrentamientos con los nacionalistas congoleños, los belgas organizaron apresuradamente la primera elección nacional en 1960, y en junio de ese año el rey Balduino otorgó formalmente al territorio su libertad.

"Corresponde ahora a ustedes, señores", dijo arrogantemente a los dignatarios congoleños, "demostrar que son dignos de nuestra confianza".

Los belgas y sus socios inversionistas europeos y estadounidenses esperaban continuar con la recolección de ganancias provenientes de las fábricas del Congo, las plantaciones y minas lucrativas, que producían diamantes, oro, uranio, cobre y más. Pero no se imaginaban la llegada de Lumumba.

Un discurso dramático y molesto que dio como respuesta a Balduino llevó a los legisladores congoleños a batir con sus pies, dejando al rey sorprendido y con el ceño fruncido, llamando la atención del mundo. Lumumba habló convincentemente de la violencia y humillaciones del colonialismo, desde el robo despiadado de la tierra africana hasta de la manera en la que los colonos francoparlantes se dirigían a los africanos como adultos a niños, utilizando el familiar "" (tu, en francés) en lugar del formal “usted” (vous, en francés). La independencia política no era suficiente, dijo; los africanos tenían que beneficiarse también de la gran riqueza de su suelo.

Sin ninguna experiencia de autogobierno y con las arcas vacías, su enorme país entró muy pronto en agitación. Después de no poder obtener ayuda de los Estados Unidos, Lumumba, declaró que se dirigiría a la Unión Soviética. Miles de funcionarios belgas que se habían quedado, hicieron lo posible para sabotear las cosas: la palabra clave para Lumumba en las transmisiones de la radio militar era "Satanás". Poco después de que asumió el cargo de primer ministro, la CIA, con la aprobación de la Casa Blanca, ordenó su asesinato y envió un agente secreto con veneno.

Los potenciales envenenadores no pudieron acercarse lo suficiente a Lumumba para hacer el trabajo, así que Estados Unidos y Bélgica canalizaron secretamente efectivo y ayuda a los políticos rivales que tomaron el poder y arrestaron al primer ministro. Temerosos de una revuelta de los partidarios de Lumumba en caso de que este muriese en sus manos, los nuevos dirigentes congoleños le ordenaron volar a la región de Katanga al sur del país, rica en cobre, cuya secesión habían ayudado a orquestar los belgas. Allí, el 17 de enero de 1961, después de haber sido golpeado y torturado, le dispararon. Fue un momento escalofriante que provocó manifestaciones en las calles en muchos países.

Como estudiante universitario que viajaba por África en unas vacaciones de verano, yo estaba en Leopoldville (hoy Kinshasa), capital del Congo, durante algunos días unos seis meses después del asesinato de Lumumba. Había un aire de tensión y melancolía en la ciudad, jeeps llenos de soldados patrullando, y las calles se vaciaban rápidamente por la noche. Sobre todo, recuerdo la triunfante satisfacción machista con la que dos jóvenes funcionarios de la Embajada estadounidense - más tarde identificados como hombres de la CIA – con unos tragos encima, hablaban sobre la muerte de alguien a quien no consideraban un líder electo, sino un enemigo arribista de Estados Unidos.

Algunas semanas antes de su muerte, Lumumba había escapado brevemente de un arresto domiciliario y, con un pequeño grupo de partidarios, trató de escapar hacia el este del Congo, donde se había formado un gobierno alterno de sus simpatizantes. Los viajeros tenían que atravesar el río Sankuru, después del cual comenzaba territorio aliado. Lumumba y varios compañeros cruzaron el río en una piragua para requisar un transbordador a fin de regresar y buscar al resto del grupo, incluyendo a su esposa e hijo.

Pero para cuando regresaban a la otra orilla, ya habían llegado las tropas gubernamentales que los perseguían. Según un sobreviviente, la famosa elocuencia de Lumumba casi convenció a los soldados para dejarlos ir. Eventos como este se han pulido en retrospectiva, pero aunque tuvo lugar el encuentro, Lumumba parece haber arriesgado su vida para intentar rescatar a los demás, y el episodio ha tenido eco en el cine y la ficción.

Su leyenda se ha vuelto más intensa porque hay metraje de noticiario de su doloroso cautiverio, poco después de este momento, atado fuertemente con una cuerda y tratando de mantener su dignidad mientras era maltratado por sus guardias.

Patrice Lumumba llevaba sólo unos cuantos meses en el cargo y no tenemos forma de saber qué habría pasado si hubiese vivido. ¿Se habría mantenido fiel a sus ideales o, como muchos líderes independentistas africanos, los habría abandonado por las tentaciones de la riqueza y el poder? En cualquier caso, dirigir su nación a la plena autonomía económica con la que soñaba habría sido una tarea casi imposible. Los gobiernos y las corporaciones occidentales organizadas contra él eran demasiado poderosas, y los recursos que él controlaba eran demasiado débiles: al momento de la independencia su nuevo país tenía menos de tres docenas de graduados universitarios entre una población negra de más de 15 millones, y sólo tres de unas 5,000 posiciones en la administración pública fueron ocupadas por congoleños.

Medio siglo después, sin duda debemos mirar hacia atrás a la muerte de Lumumba con vergüenza, ya que ayudamos a instalar a los hombres que lo depusieron y asesinaron. En la revista académica de Inteligencia y Seguridad Nacional, Stephen R. Weissman, exdirector de personal del Subcomité para África (de la Cámara de Representantes de EUA), recientemente señaló que el final violento de Lumumba anunciaba la actual práctica estadounidense de "interpretación extraordinaria". Los políticos congoleños que planearon el asesinato de Lumumba revisaron todos sus movimientos importantes con sus seguidores belgas y estadunidenses, y el jefe local de la CIA no hizo ninguna objeción cuando le dijeron que iban a tumbar a Lumumba - entregarlo, en el lenguaje de hoy - al gobierno secesionista de Katanga, que, todo el mundo sabía, podía colaborar para matarlo.

Aún más fatídico era lo que estaba por venir. Cuatro años después, uno de los captores de Lumumba, un oficial del ejército llamado Joseph Mobutu, de nuevo con el entusiasta apoyo de Estados Unidos, perpetró un golpe y comenzó una dictadura desastrosa durante 32 años. Así como la geopolítica y la sed de petróleo nos han traído aliados desagradables como Arabia Saudita, también lo han hecho la guerra fría y un deseo similar por los recursos naturales. Mobutu fue bañado con más de USD $ 1,000 millones de dólares en ayuda estadounidense y fue bienvenido con entusiasmo a la Casa Blanca por una serie de presidentes; George HW Bush lo llamó “uno de nuestros amigos más preciados".

Este valioso amigo desangró a su país hasta secarlo, amasó una fortuna calculada en USD $ 4 mil millones de dólares, voló por el mundo en un Concorde rentado y se compró varias casas de campo en Europa, múltiples palacios y un yate en casa. Marchitó los servicios públicos hasta volverlos nada, las carreteras y vías férreas fueron tragadas por la selva tropical. En 1997, cuando fue derrocado y murió, su país estaba en un estado ruinoso del que no se ha recuperado aún.

Desde entonces, la combinación fatal de enormes riquezas naturales y el gobierno disfuncional que Mobutu dejó ha encendido una larga guerra de varias facciones que ha matado a un gran número de congoleños o que los forzado a abandonar sus hogares. Hay muchos factores que causan una guerra, por supuesto, especialmente uno tan desconcertantemente complejo como éste. Pero al visitar el este del Congo hace unos meses, no pude dejar de pensar que un hilo conductor hacia el sufrimiento humano que vi comienza con el asesinato de Lumumba.
Nunca sabremos la cifra total de muertos del conflicto actual, pero muchos creen que ya llega a millones. Parte de esa sangre está en nuestras manos. Tanto ordenar los asesinatos de los enemigos aparentes como adoptar después a sus enemigos como "valiosos amigos" acarrea profundas consecuencias, a largo plazo - una lección que vale la pena considerar en este aniversario.
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Cortesía de The New York Times
Fuente: http://www.nytimes.com/2011/01/17/opinion/17hochschild.html?_r=2&pagewanted=1&sq=An%20Assassination%E2%80%99s%20Long%20Shadow&st=cse&scp=1
Fecha de aparición del artículo original: 16/01/2011

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* Adam Hochschild nació en la ciudad de Nueva York. Como estudiante universitario, pasó un verano trabajando en un diario opositor en Sudáfrica y después trabajó brevemente como activista por los derechos civiles en Mississippi en 1964. Ambas fueron experiencias políticas fundamentales sobre las cuales escribiría más tarde en su libro Finding the Trapdoor (Encontrar la trampilla). Posteriormente formó parte del movimiento contra la guerra de Vietnam, y, después de varios años como reportero de un diario, trabajó como escritor y editor de la revista Ramparts de izquierda. A mediados de la década de 1970, fue uno de los cofundadores de Mother Jones.

El primer libro de Hochschild fue una autobiografía, Half the Way Home: a Memoir of Father and Son (1986) (A mitad del camino a casa: memorias de padre e hijo), en la que describía la difícil relación que tuvo con su padre. Sus últimos libros incluyen The Mirror at Midnight: a South African Journey (1990; nueva edición, 2007) (El espejo a medianoche: un viaje por Sudáfrica), The Unquiet Ghost: Russians Remember Stalin (1994; nueva edición, 2003) (El fantasma agitado: los rusos recuerdan a Stalin), Finding the Trapdoor: Essays, Portraits, Travels (1997) (Encontrar la trampilla: Ensayos, retratos, viajes) , que recoge sus ensayos y reportaje personales, y King Leopold's Ghost: A Story of Greed, Terror, and Heroism in Colonial Africa (1998; nueva edición, 2006) (El fantasma del rey Leopoldo: una historia de codicia, terror y heroísmo en el África colonial), una historia de la conquista y la colonización del Congo por el rey Leopoldo II de Bélgica. Su Bury the Chains: Prophets and Rebels in the Fight to Free an Empire's Slaves (Enterrar las cadenas: profetas y rebeldes en la lucha para liberar a los esclavos de un imperio), publicado en 2005, trata sobre el movimiento contra la esclavitud en el Imperio Británico.

Hochschild también ha escrito para The New Yorker, Harper's Magazine, The New York Review of Books, The New York Times Magazine, y The Nation. También fue comentarista de All Things Considered en la Radio Pública Nacional. Los libros de Hochschild libros han sido traducidos a doce idiomas.


Conferencista frecuente en la Conferencia de Periodismo Narrativo Nieman que se celebra anualmente en Harvard y lugares similares, Hochschild vive en San Francisco y enseña literatura en la Escuela de Graduados de Periodismo de la Universidad de California, Berkeley. Está casado con la socióloga Arlie Russell Hochschild.

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